Durante décadas, el proceso creativo en arquitectura y diseño de interiores ha sido un territorio profundamente humano. Un espacio no nace únicamente de planos, materiales, procesos o cálculos estructurales; nace de la sensibilidad, la intuición, de la capacidad de imaginar cómo se vive, se siente y se experimenta un lugar. Diseñar es, en esencia, traducir emociones en espacios.