Sin embargo, el principal desafío ya no radica en diseñar estrategias sostenibles, sino en garantizar que éstas generen resultados tangibles y perdurables durante la vida útil de los activos.
Revela el análisis además que factores como los riesgos climáticos y los cambios en las preferencias de los ocupantes adquieren cada vez mayor relevancia al momento de evaluar el valor de los activos. Esto ha provocado que la conversación sobre ESG evolucione más allá de la eficiencia energética, el desempeño ambiental o las certificaciones, para incluir aspectos relacionados con la continuidad operativa y la capacidad de mantener resultados sostenibles en el largo plazo.
En el segmento corporativo, los inmuebles también están siendo evaluados bajo nuevos parámetros. Además de la ubicación y las especificaciones técnicas, las empresas consideran la capacidad de los espacios para adaptarse a nuevas formas de trabajo, ofrecer mejores experiencias a los usuarios y responder a dinámicas cambiantes de ocupación.
“El desafío surge cuando la sostenibilidad se diseña como una iniciativa aislada y no forma parte de la operación diaria, generando una brecha entre lo que la organización comunica y lo que realmente ocurre en sus espacios”, señaló.
Para el directivo, uno de los errores más comunes consiste en asumir que incorporar atributos sostenibles desde el diseño garantiza resultados permanentes. En realidad, explicó, el verdadero reto comienza durante la operación, cuando esas decisiones deben mantenerse activas en la administración y uso del activo.
Así, conforme madura la adopción de criterios ESG en bienes raíces, la diferenciación ya no depende únicamente de los compromisos anunciados, sino de la capacidad de sostenerlos y convertirlos en valor medible a lo largo del tiempo.

